
Por Everest Landa*
Hay que pasar una gran tienda, cruzar una avenida, unos cuantos pasos más, doblar la esquina y allí está.
La recepción es discreta, misteriosamente sucia, una cortina que separa al “Tercio” del exterior, es de un negro desértico. En cuanto es abierta, se desparraman el vocerío y el riserío; entonces las vampirescas miradas se lanzan como estacas; por un instante.
Se tiene que buscar un lugar sobre las vigas o el cemento que hacen de bancas. Uno de los visitantes hará la vaca que muge por cebada y la pedirá en la puerta que da al interior de la casa de “La doña”, la patrona. Llegadas las caguamas empieza a vivirse el “Tercio”.
La conversación caerá como el líquido ámbar-burbujearte por la garganta o el ámbar-cálido por el mingitorio aislado de la “sala de estar” por otra cortina, aunque ésta destaca por indiscreta. Parece que no hay música, pero se reviven melodías a ratos y cada grupo tiene su propia música, su propio ritmo. Aún así, hay como un oleaje entre todos los gritos, un vaivén ronco y una cresta aguda de alguna mujer a la que se le ha chorreado la cerveza sobre el pantalón.
Como en cualquier tugurio, el serio deja de serlo; el alegre hace show. Los camaradas ríen, alegan, se mofan de todos, de todo, de sí. En ese punto es donde el “Tercio” es distinto a muchos de su especie, es un verdadero centro de disertación filosófica-existencial-alcohólica. Andan en boca Platón y Marx, Cortázar y el tiempo, el chisme de la semana y un desamor, las clases de la FES y el futuro, la cerveza y la cerveza.
Lleva ese nombre desde tiempos legendarios, resulta de una construcción popular, una deformación del término Tercer mundo. Porque el “Tercio” es el tercer mundo en un cuarto de siete por siete, es sombrío y cálido, triste como gaviota, azaroso como truhán en callejón, licencioso como señorita; grita para dentro, hacia el estómago; se llora con las manos en la cara; se lamenta y enorgullece de no ser otro; aloja a todos por igual; en gran medida es una gran puta.
Pero también es puerto. Las mercancías, como los viajeros, tienen que llegar a él para cruzar el mar. Los viajeros que van “Tercio” han de partir lejos, tienen que ir hasta allí para izar las velas de la charla, dejar que el viento amargo de una Indio o Viky los lleven allende la tristeza, virar una y otra vez entre tanto amigo, sentir la brisa de una tormenta que nunca llega, mirar por el astrolabio los recuerdos jugosos como naranjas, navegar y navegar y navegar y navegar. Luego, entre sus piernas de miseria vendrá el naufragio.
*Alumno egresado de la licenciatura en Comunicación.
FES Acatlán/UNAM
everest_landa@yahoo.com.mx
1 Comments:
que onda mi buen alam, esta fue una función en la cual extraño ir allá a hecharme una guama,
saludos desde Celaya, ojalá este de regreso muy pronto
ATTE GUSTAVO
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